sábado, 6 de mayo de 2017

Granizada en Las Tunas




Fotos:Francisco Mayo 

Serían cerca de las 2:30 de la tarde del 29 de marzo de 1963 del pasado siglo, había una seca que preocupaba grandemente. De momento el cielo se puso oscuro. ¡Tremenda alegría!, pues todo se beneficiaría con esa bendita agua. Pero de pronto comenzó aquella horrible tormenta. El viento llegó a alcanzar hasta 75 kilómetros por hora. Llovió muchísimo, los pluviómetros registraron casi 45 milímetros. 

El evento duró aproximadamente 40 minutos, de estos, 15 correspondieron a la caída de granizos que, por cierto, eran de un tamaño increíble y en grandes cantidades. Lo ocurrido fue descomunal, de tal manera que, con daños de consideración se reportaron la Fábrica de Piensos, el almacén del MINCIN, el edificio de la Planta Eléctrica, la torre repetidora de Radio Reloj, y más de un centenar de viviendas.

Derribó árboles, vallas, lumínicos y postes del tendido eléctrico, este fue interrumpido, al igual que el telefónico y el telegráfico. Incontables aves desaparecieron, murieron muchísimos 
animales.

De los repartos Sosa, Buena Vista y Santo Domingo, alrededor de 25 personas requirieron asistencia médica debido a los golpes recibidos por esas bolas de hielo que parecían piedras.

Después de la tormenta:

Al otro día del fenómeno, Jorge y Lupe, trabajadores-aprendices de la tabaquería, fueron a desayunar al Gran Casino, actualmente hotel Santiago, querían acompañar el alimento con algunas cervecitas, pero les informaron que estaban a temperatura ambiente porque no había electricidad, a lo que Lupe respondió:

“Eso no es problema, préstenme acá una lata o cualquier vasija”. Tomó lo que le dieron y salió para la calle. Jorge y otros comensales se quedaron esperando. Más rápido de lo esperado, llegó el joven, muy alegre y con el cubo lleno de granizos, y expresó: “Aquí hay para enfriar bastante, los cogí de las zanjas, están llenas”. Todos se asombraron y rieron. Varios clientes salieron con recipientes e hicieron lo mismo.

Confesiones de algunos que vivieron la tragedia: 

Salvador Morales Rodríguez vivía en la calle Martí: 
“Lo recuerdo como si fuera ahora mismo, aquello comenzó como un aguacero normal, pero se convirtió en algo aterrador, mi casa era de tabla de pino y techo de zinc, si uno hablaba no se oía nada, imagínese el ruido de los granizos, la lluvia y el viento; la puerta se cerraba con una tranca colocada en dos herraduras, una de estas se zafó y la puerta medio se abrió, rápidamente mi madre la pegó y para mantenerla se recostó a esta con nosotros abrazados y con nuestras cabezas envueltas en su delantal para protegernos de aquello que parecía un bombardeo. 
“Nuestra vivienda quedó ladeada, la mata de pulciana, sin ramas y sin corteza. Eso fue algo impresionante. Los choferes de camiones que iban hacia La Habana y otras provincias picaban con barretas y sacaban de las zanjas bloques de hielo de aproximadamente un metro por 1,20, así podían demostrar la veracidad de lo ocurrido. En esa época se construía el alcantarillado de la ciudad y en esos conductos y otros huecos profundos la congelación duró más de una semana”. 
Yolanda Betancourt Rodríguez, residente en avenida Aeropuerto: 
“Ese día todo se oscureció, era una negrura, seguidamente comenzó a llover, y cuando empezó a caer aquella cantidad de granizos que parecían pelotas, todo cambió. A nosotras mi mamá nos metió debajo de la mesa, la casa era de guano y madera, solo le llevó el caballete. Fíjate que en la equina de la Casa Azul había lomas de hielo de más de 60 centímetros de altura, lo que no pocos aprovecharon para enfriar agua y cerveza”. Asegura que en las cunetas frente al pediátrico Mártires de Las Tunas, otrora Hospital General, el hielo duró nueve días, comprobado por ella y muchísimos vecinos, además de otras personas de distintas zonas que curiosas acudieron al lugar. 

María Victoria Rojas, de una zona rural: 
“Vivíamos en el campo, mi papá tenía un automóvil y tiraba pasaje para la ciudad de Las Tunas. Ese día le cogió tarde en el recorrido, por tanto, el fenómeno lo sorprendió, entonces estacionó el carro en el garaje de un amigo. Cuando aquello terminó se pudo ir y llegar a la casa; luego de sentarse y respirar profundamente, dijo que fue lo más feo y agresivo que él había visto y vivido hasta ese momento, que parecía una guerra en la cual el tiroteo solamente lo propinaba el contrario. Acto seguido nos invitó a que abriéramos el maletero. ¡Vaya sorpresa!, una batea grande y dos cubos llenos de granizos que parecían pelotas. Entonces creímos más en lo ocurrido. Mi padre afirmó que ese día sería inolvidable para él y para muchos tuneros, incluso para otros de diferentes lugares que se encontraban en zonas donde sucedió el evento”. 

Milagro Pérez, del reparto Buena Vista: 
“Recuerdo que cuando acabó aquel desastre, Juan, mi esposo, tuvo que brincar por una ventana y con una pala apartar la loma de granizos para poder salir por la puerta. Además de ayudar a recoger los de las calles y aceras y botarlos en carretillas, camiones y carretones para facilitar el tránsito tanto de vehículos como de peatones”. 

Pablo Ávila, de Buena Vista: 
“A mí me sorprendió en el centro de la ciudad, fue lo más pavoroso que yo he vivido; los techos de las casas y de los autos estaban cubiertos de hielo, echaban humo. En las calles, aceras, portales y patios parecía que estaba nevando. Este fenómeno causó bastante daño. No se puede olvidar. ¡Ojalá nunca más ocurra algo similar en Las Tunas ni en otro lugar!”. 



FOTOS DEL ARCHIVO PROVINCIAL:





No hay comentarios:

Publicar un comentario